Al estudiar el monopolio se presenta inmediatamente abrelatas sin lata que abrir, como no sea una lata sin abridor. Al estudiar el monopolio se presenta inmediatamente una dificultad sobre la cual conviene advertir al lector cuanto antes. Lo que todo el mundo desea saber es la contestación a la siguiente pregunta: ¿Nos benefician los monopolios? El economista, como tal, no puede contestarla. Es, o debería ser, un experto en lógica aplicada a su especialidad; estudia consecuencias, los medios de alcanzar determinado fin, y no los fines como tales. Aspira a ser el piloto de un barco y no el propietario; no le corresponde decidir a qué puerto se ha de dirigir la nave, pero una vez fijado el destino de ésta, es su obligación señalar los bancos de arena y los bajos, los lugares en que puede esperarse tiempo tempestuoso, los canales profundos y los fondeaderos más seguros. El economista, economista, como tal, no puede emitir opinión acerca de los monopolios, puesto que el juicio que se ha de formar depende de lo que se considere la finalidad y objeto de nuestro sistema económico, social y político. Es inevitable que el economista tenga determinada opinión de todo ello, pero no tiene la última palabra, como tampoco la tiene el experto en política, en ética o en religión. Sin embargo, su labor resulta útil si examina los argumentos que se aducen en pro o en contra de la afirmación de que los monopolios aumentan la eficiencia del sistema económico, considerándolos, primero, como medio de organizar la producción técnica de bienes materiales, segundo, como medio de lograr que estos bienes se produzcan en cantidades deseables y, tercero, como medio de distribuir a cada individuo el ingreso que propiamente le corresponde disfrutar. Edward A. G. Robinson